
Existe un lugar
común, muchas veces corroborado por la realidad, que indica que los dirigentes
sindicales son, en su mayoría, ladrones. También, que utilizan a los compañeros
para satisfacer sus aspiraciones políticas. Y no sólo eso, sino que desde sus
mullidos sillones, en lugar de actuar en favor de los trabajadores a quienes
dicen representar, no paran de realizar espurios acuerdos con la patronal (no
obstante, es cierto que al lado de nombres como el de Augusto Timoteo Vandor o
Lorenzo Miguel, existen excepciones, entre las cuales destaca la figura señera
de Agustín Tosco). La rica y compleja historia del sindicalismo nacional ha
sido abordada desde todos los ángulos: el histórico, el periodístico, el
literario. Uno de los acercamientos más interesantes al fenómeno, tanto por su
capacidad de síntesis como por la calidad estética del relato, es el que efectuó
Raymundo Gleyzer en 1973 en Los traidores.
En una época tan
convulsionada para el sindicalismo como la nuestra, en que las lealtades
cotizan barato y las agachadas, las traiciones, las alianzas estratégicas y no
tanto, los pases de factura, las extorsiones, la falsa representatividad, los
negocios millonarios y quién sabe cuánto más larga puede ser la lista, son
moneda corriente, no viene mal repasar esta obra maestra de una actualidad
increíble.
La película cuenta
la historia de Roberto Barrera -especie de José Ignacio Rucci-, un militante
sindical que comenzó la lucha en las filas peronistas a fines de los '50 y que
se fue corrompiendo conforme ganaba poder. La transformación es total: de
delegado fabril que operaba en la resistencia, se transformó en un burócrata
sindical, un traidor a la clase, cómplice de los empresarios y un
colaboracionista de las dictaduras.
Al comienzo de
la historia, Barrera ve peligrar su hegemonía debido al surgimiento de un grupo
que cuestiona sus métodos y su liderazgo fraudulento. En días previos a las elecciones
gremiales, una organización obrera de base toma la fábrica FIPESA en reclamo de
mejoras salariales. Al mismo tiempo, se propone como una alternativa clasista a
la burocracia corrupta. Ante el apoyo masivo a los huelguistas, y al no poder
convencer a los opositores de que depongan la actitud, Barrera elabora un plan:
en complicidad con la policía y los patrones, finge su secuestro para despertar
la sensibilidad de la opinión pública.
A partir de
allí, comienza la retrospectiva biográfica. Barreda recuerda sus comienzos en la
resistencia, el tiempo en que armaba bombas para atacar a los gorilas. El padre
le aconsejaba el abandono de esos métodos: “la clave es organizar a la gente
dentro de la fábrica”. Había que recuperar los sindicatos dominados por los
burócratas. Mientras la memoria de Barrera navega en esas aguas, un grupo de
matones adictos raptan a los líderes de la huelga y los torturan. El proceder recuerda
los métodos dictatoriales que se harían tristemente célebres pocos años después:
un lugar oscuro y abandonado, la picana o el submarino seco, música alta para
tapar los gritos, un médico que mantiene vivas a las víctimas.
Tirado en la
cama con su amante, Barreda recuerda el día en que lo nombraron delegado.
En ese entonces, se enfrentaba con beligerancia a la patronal: movilizaba a la
gente, armaba paros, agitaba a la comisión interna. Era un tiempo en que
proclamaba no tener precio. Pero hay un momento de quiebre en la vida sindical
de Barrera: el Gerente de la fábrica le cuenta que ha recibido informes secretos
que indican que Frondizi piensa cortar la intervención de los sindicatos y le
propone financiar su campaña. A partir de entonces, con el triunfo en las
elecciones, la decadencia moral y la escalada de corrupción inician una carrera
irrefrenable.
Poco a poco se
burocratiza. En esta vorágine, hay cuatro hechos clave que, por contigüidad, resumen
el comportamiento traidor. El primero, su negativa a llamar al paro y
movilización para reclamar por la aparición de Felipe Vallese (apenas si
propone lanzar unas cuantas solicitadas). El segundo, el acuerdo con los dueños
de la empresa para despedir a 200 operarios. El trato consiste en no movilizar
y señalar a la gente la conveniencia de
evitar la vía judicial. El tercero, el pacto con los militares para comenzar
una campaña de desprestigio que deteriore al gobierno democrático. La maestría
metafórica de Gleyzer se muestra con toda su fuerza: este compromiso se firma
el día de la inauguración de la nueva sede del sindicato. Cuarto, la negativa a
apoyar el Cordobazo.
Tras estos
pasajes, en una secuencia digna del mejor Fellini, Barrera sueña su velorio, en
el que se mezclan el absurdo, las culpas y los temores con la premonición: tras
ganar las elecciones con el 85% de los votos, hace su reaparición pública; en
el festejo del triunfo, un grupo de militantes clasistas irrumpe en el Sindicato
y lo ajusticia.
Se ha dicho que Los traidores es una película para la
clase obrera. Pero, pese a lo que podría pensarse, el director no cae en una
pedagogía adoctrinadora. Inspirado por un espíritu más bien brechtiano, aboga por la reflexión y la toma de
conciencia. El cierre programático del filme es una proclama en que se insta a
los trabajadores a alzarse tanto contra patronal como contra los falsos
representantes. El llamado es a la organización: para acabar con los traidores,
la única opción es la lucha.
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